EL BENEFICIOSO RECUERDO DE LA MUERTE

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Viernes 9 de Noviembre de 2018
Ÿumu‘ah 1 de Rabi’ûl-Auwal 1440
Imam: Sh. Sulayman E. Jada

En el Nombre de Allâh, Misericordioso, Compasivo. Alabado sea Allâh por habernos traído al Camino Recto, honrado con el Islam y guiarnos a la fe. Sus bendiciones sean con el sello de los Mensajeros y Profetas, quien transmitió el Mensaje y cumplió con lo que Allâh le encomendó, hasta que lo alcanzó la muerte por Su orden. Que las bendiciones y la paz de Allâh sean con él, su virtuosa familia y sus distinguidos compañeros.

El objetivo de hablar acerca de la muerte no es para provocar el temor en nosotros, sino que para que aprendamos a recordarla, y para que nos preparemos para nuestro encuentro con ella. Desafortunadamente estamos viviendo una vida tan agitada y ocupada que no tenemos tiempo para pensarlo. Pero, diariamente la muerte está mirando nuestro rostro, y día a día estamos yendo hacia nuestra morada definitiva, la tumba.

Dice Allâh Altísimo: “Toda alma probará la muerte” [Sûrah Ali ‘Imrân (3), âyah 185]; dice también: A ningún hombre anterior a ti le hemos dado la inmortalidad. Si tú has de morir, ¿Por qué iban a ser ellos inmortales? [Sûrah Al-Anbiya (21), âyah 34]; y dice: Bendito sea Aquel en cuyas manos está la Soberanía y es Poderoso sobre todas las cosas. Quien creó la muerte y la vida para probaros y ver cuál de vosotros sería mejor en obras. Y es el Irresistible, el Perdonador [Sûrah Al-Mulk (67), âyât 1 y 2].

Ahora, a la luz de los dichos de nuestro Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam), veamos algunos de los beneficios y virtudes de recordar la muerte:

El Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “Recuerden al terminador de todo placer, que es la muerte”; Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo también: “Si solo los animales supieran lo que el hombre sabe acerca de la muerte, ustedes no encontrarían ningún animal gordo para comer”; dijo también: “Recuerden mucho la muerte, porque ello remueve los pecados y nos abstiene de los placeres del mundo”.

Una vez el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) fue a la mezquita, en donde encontró algunas personas hablando y riendo, entonces dijo: “Recuerden la muerte. Por Aquel en cuyas manos está mi vida, si supieran lo que yo sé, reirían menos y llorarían más”. Ibn ‘Umar (radiallâhu anhumâ) narró: “Una vez fuimos donde el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam), un hombre de los Ansâr se levantó y preguntó: “¡Oh Rasûlullâh! ¿Quién es el más sabio y prudente de entre los hombres?”, Él (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “El más sabio de los hombres es aquel que recuerda la muerte, más que cualquier otra cosa, y aquel que está ocupado en prepararse para el Âjirah, más que cualquier otra cosa. Tal persona, de hecho, obtendrá distinción en este mundo y será elevado a una posición de honor en el Âjirah”. Una vez, ‘Âishah (radiallâhu ‘anha) preguntó al Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) si sería posible para alguien ser resucitado entre los mártires. Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo “Si. Quien recuerde la muerte veinte veces cada día”.

Se narra también que, quien recita el siguiente Du‘â veinticinco veces al día, y muere en ese día, muere en la condición de mártir. El Du‘â es: Allâhumma bârikli fil-maut wa fi ma ba’dal-maut (¡Oh Allâh! Bendícenos en la muerte y después de la muerte).

Los ‘Ulamâ han escrito que la razón para todo este beneficio es que el recuerdo de la muerte crea desinterés de este mundo, y nos prepara para el Âjirah, y es también una ayuda para despertar a alguien de la negligencia. Quien está despreocupado de la muerte vive la vida ahogado en la lujuria y los deseos de este mundo, totalmente olvidado de la vida eterna del Âjirah.

Aquel que frecuentemente recuerda la muerte es bendecido con tres favores: 1) No demora en hacer Taubah (arrepentimiento); 2) Es bendecido con un corazón contento; y 3) Experimenta éxtasis en su ‘Ibadah (adoración).

La muerte es realmente inevitable y algún día tendremos que enfrentarla, si no es hoy, será mañana, si no es mañana, con toda seguridad algún día.

Cuando la muerte llegue, dejaremos todo, absolutamente todo: las cosas por las cuales hemos trabajado y acumulado por años y años. Seremos envueltos en dos sabanas y eso es todo, porque realmente el ser humano es pobre. ¿Por qué?, porque ahora su ropa es el Kafan (la mortaja), su transporte es una caja; su morada es la tumba, y es separado de sus seres queridos y amigos.

Conozcamos ahora algunas de las acciones que nos beneficiarán para que nuestro descuidado corazón se prepare para la muerte y para la Otra Vida: 1) Rechazar todo mal y frecuentar las reuniones en donde se habla acerca del Dîn, del conocimiento y se pueden oír buenos consejos. También estar en la compañía de la gente piadosa y virtuosa; 2) Frecuentemente recordar la muerte; y, 3) Acompañar a una persona en la agonía de la muerte, porque tal situación, indudablemente, remueve la felicidad de nuestros rostros, y nos incentiva a prepararnos para este difícil momento.

Los ‘Ulamâ han dicho que además de las acciones descritas anteriormente, debemos también frecuentar y visitar los cementerios. Para el que está sepultado este es el primer estado de la otra vida.

Se narra que cuando ‘Uthmân (radiallâhu ‘anhu) estaba sobre una tumba, lloró tan amargamente que su barba se humedeció con sus lágrimas. Alguien le preguntó: “Tu no lloras tanto cuando recuerdas el Paraíso y el Infierno, como al recordar la tumba”. Él respondió: “Escuché al Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) diciendo: “La tumba es el estado inicial del Âjirah. Si alguien se escapa del castigo en ella, todos los siguientes estados serán muy fáciles, pero si alguien no logra escapar de los castigos de la tumba, todos los siguientes estados serán mucho más severos que este”. Y también le escuché decir: “Yo nunca he visto una imagen más horrible que la de la tumba”. Dijo también (sallallâhu ‘alaihi wa sallam): “La tumba puede ser un jardín del Paraíso o un foso del Infierno”.

Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “No hay un solo día que la tumba haga un claro anuncio: “¡Oh hijo de Adam! Tú me has olvidado. Yo soy el lugar del olvido; soy la morada de la soledad; soy el albergue desértico. Soy la estancia de los gusanos”.

También se narra que cuando un verdadero creyente es sepultado, la tumba dice: “¡Te doy la bienvenida! De todos los hombres que caminaron sobre mí, estoy complacido de reunirme contigo. Te mostraré como te voy a atender”. Después de esto la tumba se expande tanto que el difunto encuentra tanto espacio como sus ojos puedan ver; y se abre una ventana hacia el Paraíso, por la cual emana una dulce brisa del Ÿannah. Pero cuando una persona negligente o no creyente muere, la tumba dice: “Tu llegada es nefasta. De todas las personas que han caminado sobre mí, no me place reunirme contigo. No me gustas nada, desde el momento en que has llegado hasta mí; te mostraré como he de tratarte”. La tumba se hace tan angosta, que sus huesos y costillas lo perforan de un lado al otro. El Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) demostró esto cruzando los dedos de sus manos. Después setenta serpientes llegan a morderlo, son tan venenosas que si una de ellas escupiera en la tierra, no crecería nada en ella hasta el Día del Qiyâmah.

Los ‘Ulamâ definen la muerte como la transferencia de esta vida mundana a la vida en la tumba, que es la vida del Barzaj. En esta condición, mientras se está en el Barzaj, el difunto es bendecido o castigado.

Barzaj significa, literalmente, barrera entre dos cosas. Desde el punto de vista de la Sharî‘ah, el Barzaj es el período entre este mundo y el Âjirah, comenzando inmediatamente después de la muerte de una persona y finalizando en el Día de la Resurrección. Por eso, tan pronto como el hombre muere, entra en el Barzaj. Se refiere también al mundo de la tumba, y la tumba no solo es considerada como la fosa que se prepara para poner al difunto bajo la tierra. Este es un asunto inmaterial, da lo mismo que el cuerpo haya sido arrojado en la tierra, en el agua, que haya sido consumido por el fuego o por alguna criatura, la tumba es realmente el lugar de confinamiento al que es asignado el difunto hasta el tiempo cuando sea soplada la trompeta por segunda vez, y sea resucitado para Rendición de Cuentas.

Conozcamos ahora la narración de Tamîm Ad-Dâri (radiallâhu ‘anhu) de cuando el espectáculo de la muerte da comienzo: “Allâh Subhânahû wa Ta‘âla dijo al Ángel de la Muerte: “Ve donde Mi amigo, tal y tal, y retira su alma. Yo lo probé con ambos, alegría y tristeza, y lo encontré como quería. Toma su alma para Mí, porque él está libre de los dolores de este mundo”. El Ángel de la Muerte, entonces, visita al hombre, acompañado de quinientos ángeles; cada uno de ellos porta una mortaja del Paraíso y llevan un florero con dulces flores en sus manos. Cada flor tiene veinte colores, cada color emanando diferentes variedades de fragancias. Ellos llevan también el más dulce almizcle envuelto en seda blanca. El Ángel de la Muerte se sienta cerca de la cabeza del hombre, y todos los demás ángeles lo rodean por todos lados; gentilmente tocando su cuerpo, pone un pañuelo perfumado con almizcle bajo su mentón, y abre una puerta del Paraíso ante sus ojos. Entonces varias bondades del Paraíso se hacen visibles, para confortar su corazón, tal como la gente de una familia ponen numerosas cosas en frente al bebe que está llorando para agradar su corazón; ahora las frutas y la fina ropa del Paraíso son mostradas a él. En resumen, muchas bondades del Paraíso son presentadas ante sus ojos. Cuando el difunto observa esta escena, su alma comienza a agitarse en el cuerpo, ansiosa de liberarse. Entonces el Ángel de la Muerte dice al hombre: “Sal, alma bendita: “Estarán entre lotos sin espinas y plátanos alineados bajo una extensa sombra. [En jardines] Donde habrá agua de permanente fluir y abundantes frutos” [Sûrah Al-Wâqi‘ah (56), âyât 28 al 31].

El Ángel de la Muerte le habla suavemente, como una madre le habla a su niño. Él sabe que el alma es una de las favoritas de Allâh y que si la trata amablemente, Allâh estará complacido de él (el ángel). Entonces el alma es sacada del cuerpo con perfección, fácilmente, como sacando un pelo de la masa; y cuando el alma sale del cuerpo, todos los ángeles la saludan y le anuncian buenas nuevas de su entrada en el Paraíso. El Sagrado Qurân describe la escena de un creyente reuniéndose con la muerte en el siguiente verso: “Cuando los Ángeles tomen las almas de los piadosos, les dirán: ¡La paz sea sobre vosotros! Ingresad al Paraíso por cuanto habéis obrado” [Sûrah An-Nahl (16), âyah 32].

Si el hombre es un siervo cercano a Allâh, será tratado como a continuación se describe en el Qurân: Y si fue de los próximos: Alivio, generosa provisión y un jardín de delicias [Sûrah Al-Wâqi‘ah (56), âyât 88 y 89]. El alma dice al cuerpo: “Quiera Allâh bendecirte con la mejor de las recompensas. Porque tú siempre fuiste rápido en obedecer a Allâh y en realizar actos de devoción; siempre ansioso de evitar la desobediencia. Yo te felicito en este día, porque tú te has salvado del castigo y también me has salvado a mí”. El cuerpo también dice las mismas palabras al alma cuando está por partir. Los lugares en los cuales él acostumbraba adorar a Allâh, lloran a causa de la separación él. Las puertas de Cielo a través de las cuales sus buenas acciones ascendían y de las puertas a través de las cuales su provisión descendía. Después de esto los quinientos ángeles apostados alrededor del cuerpo, y cuando la gente que están lavando el cuerpo, lo voltean de un lado al otro, los ángeles lo voltean antes que la gente. Cuando ellos comienzan a envolverlo, los ángeles lo envuelven con ropas del Paraíso, antes que ellos; cuando ponen perfume en su cuerpo, los ángeles ponen perfume del Paraíso, antes que ellos. Entonces los ángeles se paran en dos filas prolongándolas desde la puerta de su casa hasta la tumba, y reciben el féretro, invocando las bendiciones de Allâh y el perdón por el difunto. Cuando Satanás ve este espectáculo, gime y llora tan amargamente que sus huesos comienzan a dolerle y le dice a sus discípulos: “¡Ay de ustedes! ¡Cómo pudo este hombre escapárseles?” Ellos responden diciendo que él era infalible. Después de esto, el Ángel de la Muerte escolta el alma hacia los Cielos, donde es recibido por Ÿibrîl (‘alaihis-salam), en compañía de setenta mil ángeles, cada uno de ellos le da buenas nuevas de un favor de Allâh. Luego, el Ángel de la Muerte acompaña al alma hasta el ‘Arsh (Trono) de Allâh, y al llegar cae postrado (en saÿdah) ante Allâh, Quien dice: “Estarán entre azufaifos sin espinas y exuberantes árboles de plátano” [Sûrah Al-Wâqi‘ah (56), âyât 28 y 29].

Cuando el cuerpo del difunto es puesto en la tumba para su descanso, el salâh que solía hacía se para en su lado derecho, el ayuno se para en su lado izquierdo, su recitación del Qurân y el Dhikr se paran sobre de su cabeza; los pasos que el daba para reunirse en la oración en congregación se paran a sus pies, y la paciencia que el observaba (en la aflicción o mientras se resistió a malignas tentaciones) se para en una esquina de la tumba. Entonces cuando el tormento entra en la tumba y aprieta su cuello para atacarlo, quien está en su costado derecho, el salâh dirá: “¡Retírate! ¡Por Allâh! ¡El pobre atravesó por muchos sufrimientos en su vida y ahora solo tiene que dormir!”. El tormento trata de aproximarse por el lado izquierdo, pero el ayuno lo hace retroceder; entonces trata de ir por la cabeza, pero la recitación y el recuerdo de Allâh, le advierten de avanzar, diciendo: “No puedes ir por este lado”. En resumen, por cualquier costado que el tormento de la tumba trata de aproximarse, encuentra el camino bloqueado por alguna de las buenas acciones rodeando al amigo de Allâh por todos lados. Entonces el tormento se rinde derrotado y retrocede. Ahora, la paciencia, que estaba en un rincón de la tumba, dice a las otras virtudes: “Estaba esperando, para ayudarles a repeler al tormento, si encontraba alguno de los lados débiles inadecuadamente protegidos. ¡Alhamdulillâh! Han hecho escapar al tormento ustedes mismos. Ahora le ayudaré en el Día en que la balanza sea ajustada para pesar las acciones del hombre”.

Después de esto, dos ángeles vienen al difunto, con ojos brillantes como linternas, voces como el estallido del trueno, colmillos como los cuernos de una vaca, con llamas que salen de sus bocas como su aliento; ellos tienen largos cabellos cayendo hasta sus pies; la distancia entre sus hombros es tal que solo puede ser atravesada en varios días; ellos están lejos de ser indulgentes y amables con el hombre. Sin embargo ellos no tratan al creyente duramente, su apariencia es muy repulsiva y horrible. Ellos se llaman Mûnkar y Nakîr. Uno de ellos lleva consigo un gran martillo, tan pesado que todos los hombres y los genios del mundo juntos no podrían levantarlo. Ellos le ordenan al hombre que se siente, y este se sienta instantáneamente, mientras la mortaja es deslizada desde su cabeza hasta su cadera. Entonces ellos le preguntan: “¿Quién es tu Señor? ¿Cuál es tu religión? ¿Cuál es el nombre de tu Profeta?”, él responde: “¡Mi Señor es Allâh, el Majestuoso! Él es Uno, sin socio en Su Unicidad, el único Soberano de todo, Quien no tiene rival. Mi religión es el Islam y mi Profeta es Muhammad sallallâhu ‘alaihi wa sallam, que es el último de todos los Profetas, el sello de los Profetas”. Los ángeles entonces le dicen: “¡Has dicho la verdad!”, Ellos empujan las paredes de la tumba que se expanden sobre él hacia su derecha, hacia su izquierda, en la dirección de su cabeza, en la dirección de sus pies, volviéndose espaciosa en todas direcciones. Los ángeles le dicen: “Levanta tu cabeza”, él lo hace y ve frente a él una puerta a través de la cual el Paraíso se le hace visible. Ellos le dicen: “¡Oh amigo de Allâh! Este es tu lugar de descanso; porque has sido un devoto siervo de Allâh”. Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “Por Él, Quien tiene mi alma en Sus manos, en este momento el creyente experimenta un éxtasis de dicha que nunca regresará”. Entonces, los ángeles le piden que mire hacia sus pies, él lo hace y ve una puerta abriéndose hacia el Infierno (por lo que algunos de sus horrores se hacen visibles ante él). Ellos le dicen: “¡Oh amigo de Allâh! Tú has sido salvado de entrar (al Infierno) por esta puerta”. Nuevamente, él experimenta un éxtasis que nunca regresará. Entonces setenta y siete puertas son abiertas para él en su tumba hacia el Paraíso, por eso su fragancia viene a él y sus frescas brisas son sopladas hacia él. Y esto será lo último hasta el Día de la Resurrección.

Ahora describiremos que le pasa al no creyente y descuidado cuando están en su cita con la muerte. Allâh dice al Ángel de la Muerte: “Ve donde Mi enemigo, tal y tal, y trae su alma. Le di abundantemente de todo y derramé Mis bondades sobre él por todos lados, pero él no desistió en desobedecerme. Déjame castigarlo este día”. Entonces el Ángel de la Muerte llega a él en la forma más horrible, con doce ojos, llevando un mazo hecho de Fuego del Infierno, todo cubierto de afiladas púas. Él tiene quinientos ángeles bajo sus órdenes. Ellos traen consigo una gran espada de cobre, y cada uno de ellos porta grandes brasas ardientes y feroces látigos hechos de Fuego del Infierno, todo ardiente. Tan pronto como el Ángel de la Muerte llega allí, golpea al hombre con el mazo, las púas perforan y penetran cada vena y articulación de su cuerpo; entonces el ángel tira del mazo con toda su fuerza. Todos los demás ángeles comienzan a fustigarlo con los látigos, en su cara y en sus caderas. Ellos continúan azotándolo hasta el desmayo. Después de esto ellos arrostran su alma desde los dedos de los pies y la traen a los talones, todo el tiempo están azotándolo y golpeándolo. Hacen una pausa por un momento, y luego tiran su alma hasta las rodillas, y desde ahí, después de otra pausa, la taren hasta el estómago (ellos sacan el alma poco a poco, para mantenerla en la agonía de la muerte por un largo tiempo). Y desde el estómago la arrastran al pecho. Ellos ponen la espada de cobre y las brasas ardientes bajo su mentón; el Ángel de la Muerte le dice: “Sal, alma maldita y ve al Infierno. “Estarán en un viento ardiente y agua hirviendo, a la sombre de una humareda abrasante, ni fresca ni generosa” [Sûrah Al-Wâqi‘ah (56), âyât 42 a 44].

Cuando el alma parte le dice al cuerpo: “¡Que Allâh te castigue con el peor tormento! Porque tú te apresurabas a transgredir Sus órdenes y siempre eras lento para realizar actos de devoción; te has arruinado tú mismo y también has provocado mi ruina”. El cuerpo también habla con las mismas palabras al alma. Aquellas partes de la tierra donde él cometía pecados en contra de Allâh, lo maldicen. Las legiones de discípulos de Satanás vienen corriendo a él y dicen: “Buenas noticias para ti, señor nuestro, por nosotros un alma ha sido enviada al Infierno”. Y cuando su cadáver es puesto en la tumba, la tierra se cierra sobre él, tanto que sus costillas son aplastadas. Dragones negros comienzan a morderlo y punzarlo, algunos de ellos comienzan por su nariz, bajando hasta su cintura; otros, comenzando por el dedo grande pie, subiendo hasta la cintura, hasta que se encuentran en el medio del cuerpo.

Los dos ángeles, llamados Mûnkar y Nakîr, vienen a él y le preguntan: “¿Quién es tu Señor? ¿Cuál es tu religión? ¿Quién es tu Profeta?”. Pero por cada pregunta que hace, el responde: “¡No sé!”, y cada vez que él dice eso, ellos lo golpean con sus martillos, tan violentamente que la tumba se llena de chispas saltando del martillo esparcidas por todos lados. Los ángeles le ordenan que levante la vista; él lo hace y ve una puerta abriéndose hacia el Paraíso, a través de la cual algunas de sus bellezas y lujos se hacen visibles para él. Ellos (los ángeles) le dicen: “¡Oh enemigo de Allâh! Esta podría ser tu morada, si hubieses sido obediente de tu Señor”. Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam), dijo: “Por Él, Quien mantiene mi alma en Sus manos, el muerto sienta tal profundo remordimiento, en este momento, como nunca antes experimentó”. Después, una puerta es abierta para él, hacia el Infierno y los ángeles le dicen: “¡Oh enemigo de Allâh! Esta es tu morada, por haber desobedecido a Allâh”. Luego de esto setenta y siete puertas son abiertas para él hacia el Infierno, a través de las cuales el negro humo y un abrasador viento del Infierno continuarán soplando sobre él, hasta el Día de la Resurrección.

Quiera Allâh abrir sobre todos nosotros la realidad de esta vida y del Âjirah, y quiera Él bendecirnos con la capacidad de prepararnos para la muerte, antes de que sea demasiado tarde. Amín.

Assalamu ‘alaikum wa Rahmatullâhi wa Barakâtuh