LA VIDA DEL PROFETA MUHAMMAD (SAW)

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Viernes 16 de Noviembre de 2018
Ÿumu‘ah 8 de Rabi’ûl-Auwal 1440
Imam: Sh. Soud Ahmad Soud F.

En el Nombre de Allâh, Misericordioso, Compasivo. Alabado sea Allâh por habernos traído al Camino Recto, honrado con el Islam y guiarnos a la fe. Sus bendiciones sean con el sello de los Mensajeros y Profetas, quien transmitió el Mensaje y cumplió con lo que Allâh le encomendó, hasta que lo alcanzó la muerte por Su orden. Que las bendiciones y la paz de Allâh sean con él, su virtuosa familia y sus distinguidos compañeros.

Amar a nuestro Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) es uno de los aspectos fundamentales del Dîn. No puede una persona completar su fe mientras el Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) no sea más querido para él que su propio ser. No puede alguien llegar a gozar de un Îmân completo hasta que su ego no concuerde con el mensaje que trajo Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) para la humanidad.

A decir verdad, el ser humano siempre suele tener cierto afecto por cualquier persona que conlleve algo de beneficio para él, aunque sea algo mínimo. Es natural sentirse agradecido. Es parte de la Fitrah con la que Allâh Subhanahû wa Ta‘âlâ creó a sus siervos.

Nuestro Nabî (sallallâhu ‘alaihi wa sallam), como todos los demás Mensajeros (‘alaihimus-salam), fue enviado por Allâh para sacar a la gente de la oscuridad hacia la luz. Fue enviado para enseñarle a la gente el camino que conduce al Ÿannah. Dice Allâh en el Sagrado Qurân: “Y ciertamente tú [¡Oh Muhammad!], guías a la gente por un sendero recto; el Sendero de Allâh” [Sûrah Ash-Shurah (42), âyât 52 y 53]. Dice Allâh también: “Es Él Quien eligió de entre los que no sabían leer ni escribir un Mensajero para que les recite Sus preceptos, los purifique y les enseñe el Libro y la sabiduría; antes de ello se encontraban en un extravío evidente” [Sûrah Ÿumu‘ah (62), âyah 2].

Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam), el Enviado de Allâh, trajo consigo la salvación. Nadie en absoluto puede tener éxito ni en esta vida ni en la otra, si no es siguiendo la guía con la que Allâh lo envió. 

Desde el primer día de haber sido enviado, el Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) no probó el descanso. Trabajó día y noche para que tú y yo pudiéramos disfrutar de su mensaje; y, a pesar de que, desde antes era conocido en Makkah como As-Sadiq y Al-Amin, no tardó en cambiar la situación cuanto comenzó a invitar a la gente hacia la Unicidad de Allâh.

Pero nuestro Nabî (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) soportó y toleró pena tras pena, pesar tras pesar. Tuvo paciencia al ser acusado de loco, mago y poeta. Tuvo paciencia cuando, mientras llamaba a la gente hacia su Creador, su propio tío iba tras él desmintiéndolo. Tuvo paciencia cuando sus compañeros (radiallâhu ‘anhum) que eran pocos en número aún, pero ya grandes en espíritu y alma, además ellos fueron torturados y maltratados para renunciar a su fe.

Aguantó cuando fue apedreado en Tâ‘if hasta que todo su cuerpo quedó cubierto de sangre. No solamente fue paciente, sino que fue también benévolo cuando Allâh le ofreció destruir a esa gente, y se limitó a decir: “Tengo la esperanza de que de la descendencia de ellos saldrá quien adore a Allâh único, sin asociarle nada ni nadie”.

Fue boicoteado por su propia tribu, pasando casi tres años en un valle a las afueras de Makkah, pero esto tampoco lo hizo renunciar. Luego, como si fuera poco, fue exiliado de su tierra.  Dice Allâh: “Y recuerda cuando se confabularon contra ti los incrédulos para capturarte, matarte o expulsarte [de tu ciudad]. Ellos planearon en tu contra, pero Allâh desbarató sus planes, porque finalmente Allâh es el que mejor planea” [Sûrah Al-Anfâl (8), âyah 30].

Una vez instalado en Madinah Al-Munauwarah, el Islam comenzó a crecer. Más gente comenzó a escuchar el Mensaje de Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) y a aceptarlo. Madinah se convirtió en la cuna del Islam. Aun así, las dificultades no cesaron. Su pueblo le hizo la guerra, atacándolo a él (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) y a sus compañeros (radiallâhu ‘anhum) más de una vez en el nuevo hogar. Incluso, ya cuatro años después de haber emigrado, su pueblo formó una alianza con otras tribus árabes para acabar con él de una vez por todas.

Rasûlullâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) y sus compañeros escasos de recursos, pocos en número, y con enemigos infiltrados en sus filas, enfrentando a un poderoso ejército equipado con todo lo necesario para poder cumplir con el inútil propósito de aniquilar al Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Pero él tenía algo que ellos no tenían: confianza en Allâh.

No hay mejor para describir este momento que citando las palabras de Allâh Altísimo, que podemos encontrar en el Qurân: “¡Oh, creyentes! Recuerden las mercedes con las que Allâh los agració, cuando [en la batalla de Al-Jandaq] los cercó un ejército, y envié contra ellos una tempestad y un ejército [de ángeles] que no podías ver. Allâh ve todo cuanto hacen. [Recuerda] cuando los atacaron por la parte alta y por la parte baja [del valle], el terror desencajó sus miradas, se subieron sus corazones hasta la garganta, y tuvieron malos pensamientos sobre Allâh [pensando que no socorrería a los creyentes]. Allí fueron probados los creyentes, y fueron sacudidos por una fuerte conmoción (…) En el Mensajero de Allâh hay un bello ejemplo para quienes tienen esperanza en Allâh, [anhelan ser recompensados] en el Día del Juicio y recuerdan frecuentemente a Allâh. Cuando los creyentes vieron a los aliados dijeron: “Esto es lo que nos prometieron Allâh y Su Mensajero, y la promesa de Allâh y Su Mensajero es verdadera”. Eso no hizo sino acrecentarles la fe y la aceptación [de las órdenes de Allâh]. Entre los creyentes hay hombres que cumplieron el compromiso que tomaron con Allâh. Algunos ya han fallecido, otros esperan que les llegue su hora y no han cambiado de compromiso. Allâh [decidió probarlos en la fe] para recompensar a los sinceros por su sinceridad y castigar a los hipócritas, si Él quiere, o perdonarlos. Allâh es Perdonador, Misericordioso. Allâh frustró a los incrédulos que, llenos de ira, no alcanzaron lo que se proponían, e hizo que los creyentes no entraran en combate. Allâh es Fuerte, Poderoso” [Sûrah Al-Ahzâb (33), âyât 9 a 25].

Y así pasó el tiempo. De pronto, cuatro años más tarde, el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) con el permiso de Allâh entró victorioso en Makkah, su ciudad de donde había sido expulsado. Entró sin derramar sangre, sin corromper en la tierra. No entró con venganza, sino que entró con misericordia y benevolencia. Desde ese momento la gente comenzó a entrar en masas al Islam. Allâh le reveló a su Mensajero (sallallâhu ‘alaihi wa sallam): “Cuando llegue el socorro de Allâh y la victoria, y veas a la gente ingresar en masa a la religión de Allâh, glorifica alabando a tu Señor y pide Su perdón; Él es Indulgente” [Sûrah An-Nasr (110)].

A decir verdad, el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) nunca estuvo relajado. Siempre se preocupaba de como cada persona puede conocer a su Señor y Creador, y entrar en Su Misericordia. Una vez pasó el funeral de un judío, y el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) se puso de pie. Cuando le preguntaron por la razón dijo: “¿Acaso no es un alma?”.

Había un joven judío que solía servir al Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Una vez éste se enfermó y Él (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) lo fue a visitar. En esa ocasión le dijo: “Sométete a Allâh”. El joven miró a su padre, quien le dijo: “Obedece a Abul-Qâsim”. El joven aceptó el Islam y murió. El Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) salió diciendo: “Alabado sea Allâh quien lo salvo del fuego del Infierno”.

Lloraba horas y horas de la noche, pidiendo a Allâh por su Ummah. De hecho, dijo que Allâh le concedió a cada Nabî un Du‘â especial. Cada uno de ellos lo utilizó en el Dunia, excepto él, que dejó el suyo para interceder por nosotros en el Âjirah, el Último Día.

Hermanos y hermanas, este es el Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Lo que aún nos queda por mencionar es mucho más de lo que ya mencionamos. Sería una injusticia de nuestra parte tener a otro como ejemplo, o espacio para alguien más en nuestro corazón.

Dice Allâh el Sagrado Qurân: “Se les ha presentado un Mensajero de entre ustedes mismos que se apena por sus adversidades, se preocupa y desea que alcancen el bien [e ingresen al Paraíso]; es compasivo y misericordioso con los creyentes. [¡Oh, Muhammad!] Si rechazan [el Mensaje] diles: “Me es suficiente con Allâh, no hay otra divinidad salvo Él, a Él me encomiendo y Él es el Señor del Trono grandioso” [Sûrah At-Taubah (9), âyah 128].

Hermanos y hermanas, roguemos a Allâh para que aumente en los corazones, el amor por nuestro Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Amîn.

Assalamu ‘alaikum wa Rahmatullâhi wa Barakâtuh